miércoles, 1 de octubre de 2014

La hermosa muerte



La niña, es la belleza e inocencia encarnada.  Camina a la escuela, su escaso uniforme la hace blanco de miradas lascivas, de hombres mayores, sin moral y sin recursos…  Estigmatizada, sus compañeras la odian, la detestan, es demasiado bella y es un prodigio.  Sus compañeros la desean, pero el dialecto que utilizan, es incomprensible para la niña, que ve a esos jóvenes sin futuro, con escuálidas “viseras” y ropajes “piolas”, con indiferencia, asco y algo de temor. 
La niña camina, altiva.  Como salida de una época lejana, o de un país de ensueño, solitaria como siempre, la joya de sus padres, la niña de pechos de miel de un viejo poeta.  Adusta,  aunque dulce y majestuosa,  siempre obtiene lo que quiere…
El dulce perrito, un caniche toy, está sentado, sucia su pelambre, otrora siempre rizada  y brillosa, manchada en el vagar por las calles pueblerinas del conurbano feroz.   Aquellos pequeños ojos, oscuros  pero afables, revelan tristeza y un profundo temor…
La niña llego hasta él, se paro frente a la minúscula criatura,  que se resguarda junto a un viejo kiosco de diarios y revistas, en una intersección olvidada de dios.  Se miran, hay tanta ternura, tanta belleza en aquellos ojos que cruzan caminos…  La gente, siempre indiferente a las cosas del mundo, se detiene, contemplan  aquella imagen, son el uno para la otra…  Se codean y sonríen, ladeando las cabezas, un milagro había resuelto que aquellas agraciadas y solitarias criaturas se encuentren, y se amen, y se cuiden para siempre…  Solo queda esperar, que la hermosa y compasiva niña, tome en sus brazos al minúsculo perrito…
Entonces, la niña, con todo candor y haciendo del momento una letanía perdurable, avanza lánguidamente, con una enorme sonrisa en los labios…  y ya tan cerca para tomar entre sus brazos a la criatura caída en desgracia, a solo un paso del encuentro esperado…  la sonrisa se extingue, los músculos se tensan.  El perrito gime, entre la esperanza del rescate y el recelo. 
La niña, tan bella como siempre, acomete feroz a puntapiés, con atroz encono contra la mísera osamenta del perrito, patea con desmesura, pisotea y solo el griterío horrorizado de las gentes del populacho enmudece los alaridos convulsivos de la pobre criatura…
Con pocos y vigorosos golpes, la existencia del animal se extingue, exánime, gimotea entre estertores, hasta sucumbir… 

La niña, aliso su entallado uniforme, acomodo su rubia cabellera y partió sonriente, hacia su promisorio futuro…  

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