miércoles, 1 de octubre de 2014

Paria

En un sueño, tuve un padre
Durante un tiempo.
En el puerto de Buenos Aires,
Le cercenaron la pierna derecha,
Tiempo después, entrego la otra,
solo por cobardía.

En sueños, creí tener una madre.
La muy bastarda,
solo amaba a sus hijos delincuentes,
Por los que se desvelaba,
en noches de comisaria.

Yo crecí, claro, como un paria,
Entre lumpenes,
ignorantes y tradiciones anquilosadas.
Me hice hombre, siendo un niño.
Como todo niño, lloraba por las noches,
Como todo hombre,  ya no creí en sueños.

Así que deteste mi existencia,
¡Si soy solo esperma rancio de ese tullido rencoroso y cobarde!
¡Si me albergó el útero cansado de una católica subordinada!
¡A la mierda mi vida! Y que mierda fue mi vida…

Pero ¡Ah! Por miserable que haya sido mi existencia.
Puedo gritar, a las puertas del ghetto;
¡Que no me vencieron!
¡Que no soy como ellos!
¡Yo me hice a mi mismo!
Y si no muero, es por mi impronta,
La del sobreviviente, del rebelde y del paria.



La hermosa muerte



La niña, es la belleza e inocencia encarnada.  Camina a la escuela, su escaso uniforme la hace blanco de miradas lascivas, de hombres mayores, sin moral y sin recursos…  Estigmatizada, sus compañeras la odian, la detestan, es demasiado bella y es un prodigio.  Sus compañeros la desean, pero el dialecto que utilizan, es incomprensible para la niña, que ve a esos jóvenes sin futuro, con escuálidas “viseras” y ropajes “piolas”, con indiferencia, asco y algo de temor. 
La niña camina, altiva.  Como salida de una época lejana, o de un país de ensueño, solitaria como siempre, la joya de sus padres, la niña de pechos de miel de un viejo poeta.  Adusta,  aunque dulce y majestuosa,  siempre obtiene lo que quiere…
El dulce perrito, un caniche toy, está sentado, sucia su pelambre, otrora siempre rizada  y brillosa, manchada en el vagar por las calles pueblerinas del conurbano feroz.   Aquellos pequeños ojos, oscuros  pero afables, revelan tristeza y un profundo temor…
La niña llego hasta él, se paro frente a la minúscula criatura,  que se resguarda junto a un viejo kiosco de diarios y revistas, en una intersección olvidada de dios.  Se miran, hay tanta ternura, tanta belleza en aquellos ojos que cruzan caminos…  La gente, siempre indiferente a las cosas del mundo, se detiene, contemplan  aquella imagen, son el uno para la otra…  Se codean y sonríen, ladeando las cabezas, un milagro había resuelto que aquellas agraciadas y solitarias criaturas se encuentren, y se amen, y se cuiden para siempre…  Solo queda esperar, que la hermosa y compasiva niña, tome en sus brazos al minúsculo perrito…
Entonces, la niña, con todo candor y haciendo del momento una letanía perdurable, avanza lánguidamente, con una enorme sonrisa en los labios…  y ya tan cerca para tomar entre sus brazos a la criatura caída en desgracia, a solo un paso del encuentro esperado…  la sonrisa se extingue, los músculos se tensan.  El perrito gime, entre la esperanza del rescate y el recelo. 
La niña, tan bella como siempre, acomete feroz a puntapiés, con atroz encono contra la mísera osamenta del perrito, patea con desmesura, pisotea y solo el griterío horrorizado de las gentes del populacho enmudece los alaridos convulsivos de la pobre criatura…
Con pocos y vigorosos golpes, la existencia del animal se extingue, exánime, gimotea entre estertores, hasta sucumbir… 

La niña, aliso su entallado uniforme, acomodo su rubia cabellera y partió sonriente, hacia su promisorio futuro…  

viernes, 25 de julio de 2014

Jalando en el conurbano

El carro se detuvo, frente al pequeño kiosco de barrio.  El conductor, un joven avejentado, escuálido, con una gorra grasienta y ropas de un equipo de futbol, siseo al atormentado caballo, huesudo y repleto de llagas producto del castigo y las enfermedades (siempre hay alguien más miserable).  El joven se agacho,  recogió algo bajo el vetusto asiento del carro de cartonero.  Miro a un costado, y al volver la vista, con la mano izquierda se llevó a la boca una pequeña bolsa, sucia y conteniendo una sustancia pegajosa.  Aspiro una, dos, tres, cuatro veces… los ojos giraron sobre sus orbitas, chasqueo los labios buscando saliva, pero la boca está seca, una baba espumosa se atisbo en las comisuras de la boca.  Volvió a mirar al costado, ya sin ver.  A su lado, un pequeño, de no más de cuatro años, habla con otro, justo detrás de él, más pequeño.  Llevan ambos el pelo muy corto, van vestidos con decencia, con ropas limpias, de aquellas que se consiguen en las ferias del oscuro conurbano bonaerense.  El “carrero” siguió “jalando”, los pequeños ni siquiera lo miran, tienen su mundo, con la realidad a su lado y el futuro, tan cercano como una gris tormenta en el horizonte.  La madre, no pasaría los 16 años. Muy delgada, el largo cabello recogido sobre la cabeza culmina en un rodete, (el mal gusto en su máxima expresión), dos piercing le atraviesan partes de la cara.  Aun, hay un rasgo aniñado en ella, un remedo de inocencia.  Pronto, su belleza se esfumaría, como siempre, la belleza se escapa… Se acercó al carro, dijo algo al conductor de los ojos exorbitados, y se trepo ágilmente, los dos pequeños salieron de su mundo, y sonrieron a la niña-madre.  El conductor del carro, azuzo al cansado corcel y partieron por la calle de tierra, ondulante, polvorienta, repleta de basura y la nada misma.  Y quizás, cierto tufo a muerte.  
  

lunes, 7 de julio de 2014

Canción para mis patrias


A mi patria, la más amada
La más pródiga y protegida
no la demarcan en fronteras
Ni en himnos pusilánimes.
La primer patria; se gestó en la revuelta,
Al calor de viejas cubiertas humeantes,
con el dolor estrujante de la noche
del tirano.
En un corte de ruta me dijeron:
“Ya nació tu hijo”
Lo nombre,
Camilo Agustín,
Por designio de la historia.
La segunda; pario del descontento
Del rancio desamor, de la apatía
Y con la soberbia impertinente de su belleza,
Trajo de vuelta la pasión.
Nació el día que los ilusos
Adoran estatuillas,
Con los ojos de su madre, nacía una bruja.
Por la intromisión de viejos demonios
La nombre, Melissa Abigail.
Se hicieron carne, mis amadas patrias
Al calor de las batallas
De la noche del opresor.
El nuevo cielo pario a mis patrias
Las más amadas.
Es que tengo dos patrias,
y el suelo que pisen
al cielo que miren;
ese, ese…
es el color de mi bandera.