viernes, 26 de abril de 2013

Los ladrones

Casi tenia 20 años, no recuerdo bien.  Bebía mucho y siempre pintaba un porro por ahí.  Era mi ultimo año de colegio secundario (Uff…) en el turno nocturno, donde los repetidores y los lumpenes éramos arrojados.  La idea de todos— Estado, institución,  docentes, yo mismo)  era acabar ese insufrible lavado de cabeza, para entrar, al fin, en la rueda del explotador y el explotado.  Para, en fin, ser “útil” a la sociedad.
Durante gran parte de aquellos primeros meses, un grupo de mis compañeros, insistían   <salgamos de joda> (boliches, putas, emborracharnos, etc.).   En fin, siempre decía que si, y nunca asistía a la cita.  No es que me hiciera rogar, me olvidaba o estaba ebrio o en otros estados.  Así que un día acordamos hacer un estupido viaje hasta el “Parque Pereyra Iraola”.  Solo para comer un puto asado.  Pero bueno, un domingo, nos encontraríamos en un Shopping de Avellaneda. 
Llega el domingo: Concurrí.  Contaba entonces con un viejo Chevrolet 400 “super sport”, motor 250.  Era viejo, pero bello y poderoso, arrogante y llamativo.  Era mi estilo creo.  Llegue… casi puntual.  Un idiota que se había enganchado a la excursión, llevo un horrendo “Gacel”, al que a duras penas manejaba, le decíamos R. que era su estupido apellido, en realidad era él quien la daba la entidad de Idiota al apellido.  Y faltaba el redentor de una familia acomodada, Seba. que vendría con el Fiat “uno” de su Mamá.  Pero fue en colectivo (no se lo prestaron, jaja).  Y llevo una estúpida sorpresa, un par de máscaras que mientras esperábamos en el estacionamiento, se probo con otro de mis “nuevos amigos”, y rieron, quien sabe porque.  Habíamos adquirido en “Walt Mart” unas míseras raciones de comida y esperábamos al idiota del “Gacel”, que no recordaba donde había estacionado el puto vehículo.  Los minutos pasaban, ya me estaba arrepintiendo de aquella jornada, pero se pondría peor (siempre se pone peor).  La seguridad del lugar y algunos patrulleros de la bonaerense nos vigilaban ¡yo los vi! Así que después de… ¡mas de 20 minutos! Dije. < Nos vamos a la mierda>.  Y arranque el auto.  El idiota  de R. apareció en ese instante.  Respire aliviado, aunque algo me decía que la cosa no estaba bien.   Ya fuera del complejo, el gracioso de las máscaras quizó comprar cigarrillos. <Primero salgamos de acá.> dije ofuscado.  Así que recorrimos unas cuadras y acepte parar en algún kiosco.  Ya en Av. Belgrano, llegamos a la Localidad de Sarandi.  Y pare en un pequeño negocio que conocía.  Justo a 15 metros de una cortada.  Lo siguiente refrendo mis temores.  Un viejo patrullero de la bonaerense, con el paragolpes destruido, salió de la cortada frente a mí y se cruzó frente a mi auto.  Un gorila, negro como una fea noche, de tupido mostacho y entrado en grasas, me apunto con una itaka, al tiempo que lanzaba consignas que yo no lograba oír.  Al pibe de los cigarrillos, lo sacaron de los pelos.  A mi lado esta “Chirola”, también lo bajaron en el aire.  No venían por mí, así que puse al auto en punto muerto y apague el motor.  El gorila de la itaka se acercó a mi ventanilla <BAJATE O TE QUEMO> me dijo.  Así que baje.   Mire atrás, un largo y profundo rio de balizas policiales rellenaban la avenida.  <la mierda, estamos jodidos> pensé.  El gorila del mostacho, me apoyo la itaka en la cabeza <movete o te quemo> y me indico la pared donde mis “amigos” apoyaban las manos.  Chirola lloraba al tiempo que  decía <no hice nada, yo trabajo y estudio>, el idiota de las máscaras había perdido su color original y balbuceaba cosas inentendibles.    Pude ver como a otro, de mis circunstanciales amigos, le arrebataban “la pelota” de las manos y lo llenaban de golpes, el también gritaba <mi papá es concejal> pero de nada sirvió.  Tal despliegue policial, me revelaba algo.  Se equivocaban, creían que éramos algo, que no éramos.  Mientras desvalijaban mi vehículo,   le dije a Chirola que estaba más cerca <boludo, fíjate que no nos pongan nada>.   Un recio milico me pateo las piernas y dijo <cállate que te quemo> era evidente, que estos agentes del orden tenían una obsesión con el fuego.  Mientras, la gente se había reunido, nunca falta el chusmerio que espera estas cosas para revalidar su mediocre existencia.   Una vieja gritaba <mátenlos, delincuentes de mierda>.  El proceso de requisa de ambos vehículos acabo.  Solo entonces recordé la piedra de faso que tenía escondida en el asiento del acompañante.  Por suerte ¡No la descubrieron!

Llamaron a un testigo de entre el público, “casualmente” la vieja que nos quería muertos.  Un policía pregunto < ¿de quién es el Chevrolet?>    ¡Mío! Dije.
Me llevaron frente al baúl del viejo vehículo.  Aun retenía mi llave.  Junto a mí, la vieja (el testigo), un flacucho desgarbado con insignias de comisario (el jefe del operativo), un hombre de buen porte y traje de diseñador (el jefe de seguridad del shopping), mas unos cinco policías bonaerenses.   Era claro, al abrir el baúl, AHÍ ESTARIA EL ARSENAL.  Nos habían caracterizado con certeza: un grupo comando; con un auto de los años 70, un gacel miserable, dos máscaras de goma y seis peligrosos delincuentes de no más de 20 años.  Todo estaba listo, al abrir aquel baúl, todo se rebelaría y semejante operativo estaría justificado.  Yo sabía, que la situación no era favorable, pero… también sabia la verdad.  <Abra> dijo el escuálido comisario.  Introduje la llave, la hice girar.  Se oye un “clic”, la tapa se levantó, y ahí está, ahí está…  No puedo evitarlo, una sonrisa se dibuja en mi rostro, el silencio envuelve la escena, todos miran el contenido del baúl ESTUPEFACTOS.   La vieja, habla primero. <no les peguen, son buenos chicos> y otras diatribas. Yo, no aguanto, me rio.  El delgaducho comisario mira al trajeado con desdén.  El trajeado, lo llama aparte. Le dice algo al oído y se retira.  Un pordiosero milico revuelve el baúl.  La vieja sigue hablando, pide que no nos peguen.  La verdad se rebeló allí dentro; un pollo, tres chorizos, un poco de pan y dos botellas de vino tinto barato.  Claro, junto a una vieja y desafilada cuchilla…







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