viernes, 15 de febrero de 2013

Por mis amigos


Vivir en la calle, comer de las sobras de la calle,  sus rancios sabores, sus ocres olores.  Es siempre duro, es difícil, pero es real.
Caminar, no hay mucho más que hacer, cuando se ha caído en la vida de las calles.  Fui uno de ellos, bebí sus licores inmundos, dormí en plazas y en marquesinas que no querían vender mi esencia.   Pero además de un duro porvenir, del hambre, el frió y la desesperanza agobiante, me abrumaba el cansancio.
Sin más que hacer, uno solo camina, camina… Mi “hogar” era la ciudad de Avellaneda, del Centro a Wilde, del mísero shopping a la sodomizada facultad, así era mi derrotero.  Pero, pocos sabían de mi flagelo, de mi dolor.  Comía poco, casi nada, a veces disputaba a los perros alguna sobra del tacho de la basura, del desdén de las ciudades.  Jamás ¡jamás! pedí nada a nadie, nunca rogué un trozo de pan o una mísera moneda.  Altivo en la desgracia, cultive mas odio, que arrastro en estas horas póstumas.
Un caluroso mediodía, fui hasta Sarandi, allí vivian viejos amigos, a los que ya veía poco.  No quería nada más que un poco de compañía, una charla amena, trivial, sentarme a descansar (¡es que estaba tan cansado!).  Había ido varias veces y solo entonces me di cuenta, siempre llega a la hora de comer.  Aquel amigo, vivía con su padre, un anciano, preparaban un poco de carne asada.  Salude a “M.” y entre en la vivienda, se oyó al viejo gritar –¡Ahh! llego el comensal.  Bueno no importa, alcanza para los tres— Mi amigo rió, pero yo no. Así que me marche.  ¡No buscaba su puta comida! no quería dadivas ni abrazos, creí que eran mis amigos…  Me marche, humillado, a mis calles, a mi soledad y mi hambre, a mi tristeza.  Posesiones inmensas y desoladas, pero mías.    Cuando Salí de nuevo a esas calles, me di cuenta.  El culto a la amistad, no es más que un mar de mentiras, un océano de hipocresía.  Con el tiempo mi teoría se confirmo, así que no creo en amigos…

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