miércoles, 13 de febrero de 2013

El cura y el incrédulo




Un día, una mujer entrada en años, despreciable y de costumbres anquilosadas (de quien me dijeron era mi hermana) me invito a su casamiento, en una iglesia de su barrio.
El cura, se me acerco y me tendió la mano, tenia unos cuarenta años, la cabeza rapada, mentón fuerte y masculino, la nariz chata y doblada.
¿Vos sos O…? pregunto apresuradamente.
Si, dije. A la vez que apretaba mi mano con fuerza, tratando de imponer autoridad.  La mirada era profunda, dura y segura de su fe.
Pregunto trivialidades, típicas de un ministro de la santa fe romana.  Y del pecador redimido.
 Le dije. ¿Fuiste boxeador?
Si, respondió. Hace ya tiempo. Mientras que abría los ojos.
Aha, y ahora ¿solo pones la otra mejilla?
Así es.
Observe el cuello, ceñido fuertemente, las venas parecían a punto de estallar, sentí que me odiaba, o que al menos repudiaba mi existencia.  Mientras apretujaba mi débil diestra, observe su atuendo. Y dije;
No deja de extrañarme la gente de uniforme.
¿A que te referís Pregunto.
Hay muchos uniformes en este mundo,  Demasiados.
¡Ah sí! me dijeron que no te cae bien la policía.
No hablaba de ese uniforme, hablo del tuyo.
¿El mío? Inquirió.
Mire en derredor y le dije.
¿así que esta es la casa de dios?
Así es. Respondió.
Es alguien con muchas posesiones, un autentico cultor de la propiedad privada. 
Tal vez, deberías acercarte a él para conocerlo mejor.
Decime cura; ¿hace cuanto cojes tu mano? (escuche eso en una película), habrás conocido los placeres de la carne en tu vida de boxeador, además de azotarla.
Mmmnnn… su gesto se endureció.
Ahh… Si claro, el sacrificio… la fe… le dije, y seguí hablando.
Hace un rato en la esquina, había un grupo de pibes, muy jóvenes.  Con sus uniformes…
¿Uniformes? Se sorprendió.
¡Si! uniformes.  Usan gorras a las que llaman viseras, así se diferencian de otras gorras, de otros uniformes.  Todos llevan sus casacas futboleras reglamentarias, sus pantalones deportivos reglamentarios y sus “llantas” reglamentarias. Y, algún fierro, o una punta, que mas da.
Son solo chicos, algunos tienen problemas y… argumento y siguió, blablabla.
Lo escuche un rato, tenia experiencia, ya conocía curas y diversos pastores, y variados cultores de la perseverancia mesiánica   Y le dije, mientras encendía un cigarro.
¿Chicos? Hay muchos de esos “chicos”, en muchas esquinas de muchos barrios, todos con sus uniformes.  Los escucho hablar en extraños dialectos, en lenguas de modismos rústicos, ya siquiera son lúmenes…  pero son lo mismo que los uniformados de azul, con sus gorras azules y sus 9 mm reglamentarias.  Ahh si, también tienen estos “chicos malos”, sus armas y también ostentan ese desden de todo uniformado.  Como dije, hay muchos uniformes, demasiados.  Un día cuando el reino de dios gobierne la tierra, ¿Cuál será el uniforme preponderante?  ¿El cuellito y la sotana? ¿El verde oliva? ¿El azul? ¿O el de los muchachos que toman sus cervezas en las esquinas del mundo?
El día que no haya necesidad de uniformes en la tierra, ese, ese... ¡será un hermoso día! ¿No te parece cura?
Hizo una mueca de tristeza y meneo la cabeza.  Adiviné que quería golpearme. Pero la intromisión de la mísera figura de quien dicen es mi hermana, quizás, lo detuvo, o fue amor por el prójimo, o que estábamos en la casa de dios.  Bueno, no lo se, pero asumió, aun en su mente esclavizada que yo era un irredento, un paria o un loco.
Me tendió de nuevo la mano (suavemente ahora) giro y sonrió a las viejas feligresas que asistían al concilio de los nuevos y los viejos esclavos.

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