miércoles, 13 de febrero de 2013

Mi primer vagina



Era viernes, si mal no recuerdo.  Un frió, aunque soleado tres de julio.  Al día siguiente, cumpliría 13 años, y en ese  prístino día de invierno llego mi nuevo campo de juegos, el sexo. 
La madura madre de un amigo de juegos —seguía siendo un niño—me invito a su casa, con el pretexto de darme algo que su hijo había dejado para mi. 
La ultima, de aquellas vacaciones pobres, en aquel barrio pueblerino, plagado de campechana somnolencia, había sido para mí el despertar a la admirada lascivia de jóvenes-niñas.  Quizás, cierta arrogancia citadina contribuía a esa imagen casi frívola, algo desarrapada, que generaba un halo de sensualidad incongruente, inocente.  Quizás por eso tenia un relativo "éxito" entre las adolescentes, y no tanto, parteneres femeninos de mi especie.  Aunque hasta allí, no eran mas que besos, circunstanciales toqueteos, penetraciones espurias, gimoteos inexpertos...
Sin embargo, esa exaltación de los sentidos pertenecía a esos jóvenes, a esos puberes, era su despertar a la exuberancia del goce, de la carne, de los olores.  Juegos de niños, donde el tacto se amalgama con los sabores nuevos, eternos…
Pero esa tarde, a desgano de mi impericia en esas lides, la madura mujer, de voluptuosas aristas me hizo hombre. ¡¿Hombre?! No lo creo, solo le asigno a mi cuerpo la cuota de ardor necesaria, para sumergirme en la placentera debacle de la promiscuidad adolescente.
Aquellos años, finales de los 80’ eran aun inocentes para esas latitudes, alejadas del mundanal ruido de la naciente inconsciencia neo-liberal, las nuevas generaciones mostraban abiertas a nuevas libertades.  Al despertar sexual, entre juegos infantiles y coqueteos rústicos, bañados de una finísima capa de candorosa avidez por el cuerpo, ardientes de voluptuosidades.
Mi amigo, al que apodábamos flecha—ya no recuerdo la causa— había partido a pasar aquel fin de semana junto a su padre, que vivía en la capital.  Por lo que el penetrar aquel recinto, me implicaba una cierta ansiedad, sabia que estaba donde tantos otros deseaban estar, a solas con la apetecible exuberancia de aquella mujer madura.
  Supongo que sabía su nombre, pero se perdió en la anatomía de aquella decana de los placeres prohibidos.  Con el paso del tiempo, las conquistas y los excesos de toda índole, lo olvide por completo.  Solo atesore el recuerdo carnal de una tarde de placeres vedados, de gemidos, de orgasmos…





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