jueves, 28 de junio de 2012

26 de Junio de 2002


No sabia que me despertó tan temprano, tal vez el frió atroz que me apremiaba en mi insolente pobreza, pero habituado al suplicio que me abraza impune lo descarte de inmediato. 
Quizás el hambre que intima las entrañas reclamando algún mendrugo, pero no tenia hambre,  no en esa ocasión.
No recordaba haber padecido las habituales pesadillas que me atormentan desde años postreros, de todos abandonado.
Sentado  en la escuálida cama, rodeado de la oscuridad pétrea, contemple obsesivamente el vapor que mi respiración  expelía.  Tantee las formas difusas, con la escasa luminosidad que ingresaba por la ventana sin persiana, en busca de un reloj, y comprobé con la llama de un encendedor, que iniciaba el día demasiado temprano, las 4:35AM
La noche anterior me había dormido ni bien apoye la cabeza en la almohada, el cansancio de largas jornadas de militancia se hacia por momentos insoportable y aquellos días cargados de tensión, saturaron mi resistencia. Así que sume esto a mi extrañeza por ese repentino insomnio.
Alegue diversas razones mientras buscaba conciliar el sueño, necesitaba el descanso,  pero ni la adrenalina fluía aun con suficiente rapidez ni sufría de la ansiedad por los hechos que ese día, estaba previsto sucedieran.
Finalmente, admití que una rara sensación, una  manifestación de la razón que había  guardado en un rincón de la mente se había filtrado  entre sueños.
Después de muchos años de imprudencia y arrojo desmedido,  sin mucho que perder y con mas inconciencia que valor, ¡era el miedo! el que impaciente se hacia presente, camuflado entre oníricas disquisiciones. 
El miedo a la muerte, el miedo a acobardarme ante la brutalidad armada del poder que sin duda se descargaría sobre los pobres que se enfrentarían con rustico armamento al despliegue  militarizado de los adalides de las sagradas instituciones, de la “democracia”.
Después de mucho tiempo, había algo que me increpaba y me decía;”esta vez tenes que cuidarte...”

Así que me levante temprano aquel 26 de Junio de 2002, y en las horas previas al frió amanecer deje que el temor se diluya por mi cuerpo, y  me convencí que era importante seguir con vida.
Recorrí una  a una las circunstancias que me habían llevado a ese lugar, al frente de la organización de mis vecinos enfrentaba por primera vez en serio la construcción de un movimiento de desocupados; “referente” de un barrio, decían los apretados niños bien que conducían aquel enclenque MTD.  Aquellos burguesitos, salidos de su ensoñación utópica, creían ser los elegidos conductores de la lucha popular, un manojo de elucubraciones maliciosas de su mentor los había depositado en ese lugar: “dirigentes”.  Aunque ellos, los elegidos, repudiaban esa denominación, esgrimían practicar una nueva política; sin dirigentes, donde todos eran iguales.
 Crearían “islotes socialistas” donde algún día ese puñado de adelantados seria requeridos por las masas oprimidas, a las que conducirían hacia el paraíso del “cambio social”.
Por supuesto, todo matizado de una vida libertina y carente de responsabilidades reales,  donde los preceptos morales que ellos mismos levantaban no eran practicados a modo de ejemplo, sino como excepción  para que aprendan los “negritos”.
Tanta vanguardia envuelta de tanto simplismo principista, chocaba con mi formación que se antojaba más ortodoxa, o como los “elegidos” decían, mas estructurada, vieja.
  Supongo que aquellos desvaríos, serán algún día objeto de estudio de futuros antropólogos que buscaran entender algo que no tiene el menor sentido o espíritu revolucionario, y cuyo logro  máximo fue sumir en la confusión a  muchos jóvenes que abrazaron la teoría de la lucha por el “no poder”. 
Así y todo, aquellos militantes de pacotilla, arrogantes y soberbios,  eran niños jugando  divertidos, ignorantes del dolor y el sufrimiento como si de una aventura escolar se tratase.
  Pequeños consentidos en su gran juguetería, hacían cabriolas y hablaban alto para que los otros niños escuchen y los envidien.
 Pero entre esa escolástica jarana, y detrás de los triviales debates de café estaban ellos: Los pobres y marginados; las señoras gordas con su sequito de vástagos a cuestas, los obreros echados a patadas de sus trabajos, los jóvenes sin futuro, los pibes chorros que querían dejar esa vida lumpen, los hombres y mujeres hartos de la humillación decididos a pelear.
Pero a no engañarse, ni es mi intención hacerlo, de aquellos populosos barrios de miles de esos pobres, solo un puñado de ellos tomaba la posta, alzaba la bandera e iba al frente ante el enemigo brutal.  Ese puñado, cuya suma daba miles, era la vanguardia real, la reserva del pueblo que, con sus necesidades a cuestas se calzaba la capucha, empuñaba un rustico garrote y al fragor de las gomas quemadas se plantaba frente al poder, que reclamaba, exigía y moría.
   
No recuerdo con precisión, los momentos previos a embarcar hacia avellaneda, solo aquella asamblea previa, donde un burguesito arengo al puñado de piqueteros a realizar el corte de ese día. Lo hizo para un medio alternativo, claro que cubría con atención las desventuras de los adalides del “no poder”.
Después, ya en el bizarro ferrocarril, fueron sucediéndose el ascenso de compañeros en las estaciones Ardigo, F. Varela, Bosques, Ezpeleta y Quilmes, donde mayoritariamente se asentaban las fuerzas más importantes de “La Veron”.
El tren, a esa altura repleto de pobrerío insurrecto, combativo, se bamboleaba por el sobrepeso y la arenga de la agitación que cantaba y saltaba, seria el momento de distensión y algarabía de los combatientes previo a la batalla.
   Al arribar a destino, el estrépito del helicóptero de prefectura, en vuelo estacionario sobre el convoy, nos inyecto de adrenalina el cuerpo, ahí estaban las falanges del enemigo.  Con un movimiento de mi mano, indique a mis compañeros cubrirse el rostro con las remeras que preparamos, prepare la mía pero no me la puse enseguida, la atesore entre mis manos, era un recuerdo de otros tiempos y suponía que de una u otra forma la perdería.  Aun así, seria aquella remera negra de “Hermética”, lo ultimo que desecharía en la desbandada final.

Ya sobre la Av. Pavón, se destacaba a 100 metros de la estación, un batallón del grupo “albatros” de la prefectura, con sus escudos negros y el uniforme color caqui, apostados en la subida de dicha avenida, hacia el puente Pueyrredon.  Solo después, con el análisis en frió, fuimos concientes de que esa ubicación buscaba conducirnos a una trampa, obligándonos a ir hasta el nacimiento de la Av. Mitre.  Al llegar, descubrimos otro pelotón de prefectura, sobre el puente viejo, el cual descargaría su fuego sobre nuestra retaguardia durante el repliegue.
El avance, mostraba determinación y conciencia, al frente de tres mil piqueteros de “la Veron” unos 800 combatientes encapuchados, armados con palos y gomeras, entonaban las arengas de la lucha piquetera.
Subimos hacia el corazón de la trampa montada por el enemigo, en la Av. Mitre, allí en la calle Chacabuco, el pelotón de infantería de la bonaerense, comandado por Franchioti, aguarda para desatar la barbarie.  Desde Plaza Alsina, la columna del “Bloque Piquetero” bajaba al encuentro de la nuestra, al grito de “piqueteros, carajo…” aguardamos el encuentro y entonces Franchioti ordeno cerrarles el paso, generando la chispa que detonaría la represión.  Los palos piqueteros y de la infantería se cruzaron durante un breve combate como los de antaño, y después los estrépitos de las Itakas y lanza gases ganaron la escena.  Respondimos con lo nuestro, volaron palos y piedras y tras un instante de confusión, el enfrentamiento comenzó en serio, la sangre hervía en venas y descargue una y otra vez con mi gomera todo un arsenal de odio viseral hacia las fuerzas de la represión.

 Y de nuevo los cánticos, las arengas de cientos de pobres insurrectos, valientes y decididos a pelear por nuestro futuro, se hicieron fragor combativo, vivo y ejemplar.
Las detonaciones de armas largas acallaron la voz del pueblo, la estampida generalizada opaco con el griterío los infames sonidos de la represión.  Primeras corridas y la adrenalina fluyendo a raudales, al fin lo que tanto ansiaba; el combate...  Desigual, ante una fuerza armada de fusiles, Itakas, escudos, escopetas, logística inmensamente superior, es una segura derrota.  Pero que importa, es al fin la hora de los valientes, es la hora en que el fragor del combate se nutre de la sangre y el ímpetu joven, vigoroso y la moral, es aun la mas alta.
Los sonidos, años después son aun patentes en mi cerebro; vítores, llantos, desesperación.  Las detonaciones que se suceden, ruidos metálicos, cristales rompiéndose; es la voz de la batalla que aun me llama, me reclama.
 La muerte esta ahí, espera su botín del día y lo tendrá; una descarga y a mi lado caen, uno, dos, tres, no se cuantos compañeros.  Ya frente a Carrefur, en plena batalla, de pronto alguien grita, su voz se destaca sobre el resto: ¡Compañeros, me dieron!—es un muchacho muy joven, lleva barba y viste una campera verde.  El sonido de la sangre desparramándose en el piso, fluyendo a raudales, me impresiona mas aun por saber que su herida es de muerte, que esas balas que no se ven ¡ya están matando!
Es la constatación patente de algo que sabia pasaría, lo que asusta, pero es un instante, solo un instante donde la razón reclama prudencia, pero el corazón cargado de odio, azuza a los músculos y a los sentidos a continuar la batalla. 
La muerte, reclama su primera presa y espera ansiosa, ¡sabe que habrá más!
Esas calles, convertidas en campo de batalla, tan conocidas por mi, es como pelear en casa.  Lugares comunes, los he visto transformarse, trasvertirse en lugares de vil mercantilismo, y es lo que después de todo, protegen esas balas policiales; vil mercantilismo.
La represión avanza, es fuerte y decidida, como una quimera monstruosa se sabe superior en recursos y se sabe impune.  Pero en aquellos ojos que logro vislumbrar tras la parafernalia brutal, en esos ojos esta su verdad ¡tienen miedo! Pequeños instrumentos descartables que utiliza el poder, arietes inmorales del burgués asustado ¡tienen miedo!
Frente a la estación, paramos un micro, atestado de pasajeros, se encontró con lo peor del combate; los rostros aterrados buscan escapar, tras chocar lentamente (vaya imagen surrealista) contra un poste de luz, estallan los cristales hechos añicos a palazo limpio.  Un chico abrazado a su madre, bañado en llanto por el miedo y por los gases me mira como buscando una respuesta. ¡Es la batalla! El colectivo arde, aun no hay ganadores.  El pecho se infla de orgullo desafiante ¡que importan las balas! ¡Es la batalla!
El colectivo arde, abrazado por las llamas desprende una columna de humo densa que se mezcla con los gases lacrimógenos, cuya trayectoria contemplo ahora; una chica de pelo largo y abundante corre junto a la pared, la munición estalla contra esta produciendo chispas que le encienden el cabello, es una escena casi cómica entre tanta tragedia, pero no me causa gracia.
Hay un breve interludio, el fuego del micro incendiado detiene a las falanges asesinas, una columna de prefectura se planta frente a la estación, mientras la bonaerense arremete contra los compañeros que entran en la estación.  Se oyen estampidos, ¡son balas que están matando¡  Ellos, empiezan a ganar, pero solo ganan con matar y la muerte es su unica victoria.
Sobre Pavón, camino hacia la “seguridad” de la masa de compañeros que usaban sus gomeras contra los asesinos, hay un momento de tregua y busco limón entre mis ropas, el gas lacrimógeno daña mis ojos y garganta.  Alguien avanza hacia mí, un compañero robusto que lleva en su cabeza a modo de capucha, una remera roja, me parece conocido, aunque solo vea sus ojos.  Adivino una sonrisa bajo la escuálida prenda de combatiente, yo también sonrió y nos fundimos en un abrazo, que el estrépito de los balazos deshace.  Es L,  un amigo que hace dos años no veía.

No vi a Darío durante toda la jornada, no tenia que hacerlo. ¡Ahora esta muerto! Es la muerte que mas duele, la mas atroz y también la mas digna ¡Es la batalla! Un militante, cuadro para la Revolucion, tan joven y con tanta moral.  Es un compañero, aunque pensemos distinto y esa imagen final lo pinta de cuerpo entero, no abandonaba a compañero aun ante la presencia de la muerte, lo respeto.

Después, combatimos hasta gerli, ellos avanzaban y nosotros respondíamos. Las balas zumbaban, el aire era irrespirable, con breves treguas, tomábamos impulso, pero la represión no cesaba.  Brutal, nos arrasaba, solo la valentía de nuestros compañeros la sofrenaba, pero era inexorable, ese día nuestra victoria era moral.
Ya sabíamos, la sangre derramada era otra vez nuestra, como la de Javier Barrionuevo, la de Carlos Almiron y de tantos compañeros.
La ultima emboscada, y la resistencia se quiebra, una nueva embestida ¡brutal! A sangre y fuego, divide nuestras fuerzas.  Ya todo es caos, me vi envuelto en una nube infame de gas irrespirable, solo queda la huida. Todos corremos, algunos buscan refugio en casa y comercios, pero no hay caso.  Las botas patean puertas, golpean y fustigan a cualquiera, piquetero o no.  Jadeante, agotado y acosado por las camionetas con fusileros enceguecidos de apasionada barbarie, corro hacia una calle lateral, repleta de autos que bajaban desde “los siete puentes”.  Todo es confusión, no puedo respirar, pienso en entregarme, pero los disparos me impulsan a salvar mi vida.  Entonces corro, ya solo pienso en escapar, la muerte esta ahí, los balazos levantan el revoque de las paredes, a 50 metros una tapia de columnas de acero separan la calle de las vías del ferrocarril Roca. No se como, trepe los casi dos metros y tras sortear el alambre de púas, salte al otro lado.  Sin fuerzas ya, rodé bajo las formaciones férreas, mugrientas de barro y aceites, después apareció una enorme superficie a campo abierto, éramos muchos quizás cien.  Un grupo se monta a un tren de carga, que avanza lento, en la desesperación no se percatan que la vía termina a veinte metros.  Solo queda correr, a campo traviesa y entre las vías rogando no ser descubiertos, huir de la bestia de la represión, pero no es tan fácil, es una bestia inmensa, despiadada.  Casi desfalleciente, corrí junto unos veinte compañeros, no los conocía, aun estaba encapuchado y pensé en trepar la alambrada hacia alguna calle solitaria, pero las “lanchas” policiales estaban por todos lados.  Pude ver como un grupo más adelantado, al llegar bajo el puente gerli, era sacudido por los disparos a mansalva desde arriba, la bonaerense practicaba tiro al blanco entre rizas y al grito de “tomen zurdos”.  Así que decidí esperar, un helicóptero volaba rasante, seguramente informando de nuestra posición.  Deje que avance y me escabullí bajo unos arbolillos vetustos, escondí la gomera y los escasos proyectiles en uno de ellos, después ya con la capucha en la mano me introduje por un agujero de la alambrada y tuve la suerte de dar con pequeña feria de verduras en la calle inmediata, estaba atestada de gente, era mi oportunidad y la aproveche.  No lo dude, ya en medio de esta y ante la atónita mirada de feriantes y vecinos, me despoje de la ropa de combate, deseche todo cuanto pudiera delatar mi pertenencia piquetera y raudo, me marche.  Conocía la zona vagamente y decidí continuar el plan prefijado, llegar a ala estación de Lanús para reagruparnos.
  Con esmerada y absurda prolijidad, doble aquella vieja remera de “hermética” y la retuve entre mis manos, como si al conservarla pudiera retener algo de la mística vivida en esa desigual batalla.
En tres oportunidades las patrullas que rondaban en busca de piqueteros, frenaron junto a mí, pero por alguna razón esos desencajados rostros decidían seguir, ostentando sus armas, como en otras épocas lo hicieran, despreocupada e impunemente.  Así que arroje la obsoleta prenda, temiendo me delate, y continué la marcha, el frió calaba los huesos pero no lo sentía, pensé en mi compañera. ¿Qué habría sido de ella? En aquel joven baleado frente a Carrefur, seguro había muerto. ¿Cuántos serian los caídos? Calcule que muchos.  
 En un kiosco, un pequeño televisor mostraba imágenes de la jornada y el epígrafe me estremeció: “DOS MUERTOS”   








martes, 19 de junio de 2012

Fatua esperanza, de un idiota


Esta noche que la espero, no se si esperarla.
¿Cuántas veces aguarde su llegada?
al desamparo de noches nubladas. 
Y yo, que cada vez más la deseaba.
Voy a la esquina y la imagino  ¡Ya cercana!
 Pero es el silencio, quien destroza mis vanas esperanzas.
 De un lado a otro de esta sórdida plaza, camino con paso lento. 
Solo para engañar su tardanza. ¡Pero es tarde…!
Y ya no viene. Pero, no.  Aun puedo un minuto mas, esperarla.
Hay un teléfono en la otra cuadra, podría llamarla.
¡No! Y si viene cuando me marcho, pensaría que me he ido. 
Y seria vana mi llamada. 
Debo esperar solo un rato, aun es corta su tardanza.
A lo lejos, alguien viene.  ¡Apenas puedo divisarla!  
Y es tanto mi deseo de abrazarla, 
o de solo contemplarla  
¡que adivino!  Entre la distancia brumosa 
que nos separa,
su sonrisa blanca, resplandeciente,
que endulza el aire de sopores virginales,
entre tanta mísera corrupción tirana.
No se si es ella, quien cabalga 
estas penumbras aciagas. 
Pero solo presentir, el paso raudo 
de sus bellas piernas largas. 
Es el preludio, de poseer, 
lo que mi atormentada alma reclama. 
Escruto la lejanía que envuelve tu llegada,
y aun no me convenzo que esas sombras,
entorpecen el placer, de contemplar,
el largo andar de quien se sabe deseada.
Que desprecio mundano es envolver,
tan maravillosa diosa del amor esquivo,
entre burlonas penumbras de soledad cargadas. 
De bruma subrepticia que opaca 
los contornos del placer, hecho carne.
Y sos todo lo que anhelo y más deseo,
entre fatuos desvaríos,
que esclavizan el cielo que es nuestro milagro: 
amar lo que tanto espero.
A mi lado pasa ella,
una mujer que me ignora y su silueta 
se disfraza de cruel desesperanza. 
¡Pero que importa! Que esta noche fría,
de gris añoranza, no la tenga entre mis brazos. 
Y sea suya mi esperanza.
Mañana la esperare de nuevo,
con mas ansias de besarla, y será nuestro el paraíso.
Con sinfonías celestiales 
que armonizan los vacíos desencuentros,
que harán de esta cruel tardanza,
¡que hoy gana! burdo anecdotario,
del encuentro estruendoso 
del amado y la amada. 

Reina por un día


¡Que desdichada flor!
 Condenada a reinar,
Durante un suspiro de la vida.
Su exuberante belleza,
Su indómito espíritu de benevolencia,
Su soberano matriarcado sobre escuálidas yerbas, 
vetustos musgos, paisajes taciturnos...
¡Son meros esclavos del tiempo!
Del opresor, del tenaz e inacabable devenir.

¿Cómo saborear las delicias de reinado tan fugaz?
¿Cómo palpitar? en esa efímera exhalación.
¡Los deliciosos aromas y fulgores de la vida!
¿Como admirar la bastedad de dominios tan ricos?
¡En un suspiro de la vida!
Es una lucha cruel y  siempre pérdida,
Con el inmisericorde devenir.

Ella puede legar;
Solo migajas de voluptuosidad,
Lisonjas de otrora brillantes fulgores
De pasión.
Y entonces, su belleza indómita
Se rendirá y sucumbirá.
Y su cadáver mutilado,
¡Cruel destino!  destinado a orlar
Los altares pétreos que,
 en absurda ignominia
Rinden tributo ¡eternamente!
Al infame devenir.

jueves, 7 de junio de 2012

Tercer mundo




Al sur de una ciudad,
que se abisma al sur de las grandes ciudades.
Me encorvo de frio ante el azote del viejo invierno,
entre el rellano del rancho que habito,
el viento gélido penetra impune,
gimiendo, entre maderas rancias y el chaperio gélido.
Perdido en el tiempo
me hastía el barro de estas calles pestilentes, inundables,
que repulsan la hedionda desgracia de oscuros carreros
Vestidos en harapos y en desagradable consecuencia;
Vociferan, aúllan en dialectos, que imitan a los pibitos chorros
¡Que se creen rebeldes!
porque roban zapatillas  a esclavos y obreros
Porque le arrebatan carteras a enjutas ancianas,
quizás los más “osados”
arranquen celulares en Constitución o en Retiro.

Este barrio inmundo que habito,
al sur de una gran ciudad
Que se halla al sur de las grandes ciudades.
¡Es el status quo de mi puta pobreza!
De la vil pertenencia al subdesarrollo y la barbarie
de los que arroja el sistema.
Desterrado en mi propia patria,
detesto esas cumbias, que mancillan los oídos
Y escupen el mal gusto,
vomitan excresencias de empobrecidas mentes,
que han muerto, y mueren, y mueren...

Habito, una semiderruida morada,
La última morada…
al sur, muy al sur de las ciudades de la tierra. 
¡Es el culo del mundo!
Aquí las pendejas adoran coger con escuálidos
Personajes de escaso habla, ellas tampoco
Conocen muchas palabras,
Como cotorras, de mandíbulas estridentes,
Repiten axiomas, sin mas razón que gruñir,
Ya que esgrimen, atesoran; miseria
¡es su pertenencia!

Aquí, al sur de una gran ciudad,
Que se enclava al sur del mundo establecido,
Estoy tosiendo, es el asma cansado, que no curo
Porque el hospital se atiborra de púberes baleados.
La quimera, que le teme a estos paramos,
me incita a cercenar mi sentencia
 para al fin, abrazar la nueva alborada.
A veces, una mano piadosa
me acerca una botella
De aguas rancias, alcohol barato…
A mi me sosiega estar borracho,
gozar del ardor en mi garganta.
De las mieles de Baco, que ríe alborozado
Lejos, allá, allá donde paran los dioses.

Brillo, brillo… al sur del conurbano
Es que soy un regalo ¡Qué escupe insolencia!
Un paria en mi propia tierra.
En la pertenencia ¡vil! Al estatus quo,
Moriré, dando pelea,
¿Que mas queda al sur del mundo?
Que morir…