miércoles, 15 de febrero de 2012

A un viejo amigo


Tuve un amigo, al que engañe.
Ceñido de vicios propios y ajenos
Licue la esencia del arte,
Y coseche el vil desprecio.

Una mujer me abofeteo
Y no sentí vergüenza,
Como si el acto previo disimulara
Mi amarga avaricia,
el recelo de nuevos sentimientos
O el recuerdo de un hombre que no fui.

Ayer, sentado al pórtico
de mi macilenta casa
vi pasar a un pordiosero y
aquel rostro barbado,
 reflejo la pertenencia del nuevo olvido.

Como en un salón repleto de  espejos,
Contemple el vacío de aquellos ojos vidriosos.
Quizás el desprolijo andar de estos desarrapados
Me recuerda a aquel desdichado que ahora,
Ya no se afeita, para no contemplar el desagrado de
Tanta, tanta decadencia.

Un día olvide que nada es para siempre,
Y que siempre…
 persigo la sombra de viejas apariencias
para crear nuevas concupiscencias.
Pero el sol ya no brilla como antaño
Y las negras, ya no visten los humillantes hilados
De algodón lánguido y barato.

Aquel viejo amigo que esperaba mentiras,
 Se hundió en desavenencias triviales,
Miserias del hombre, de los poetas.
Traicione sí, mi única vez,
¡Tantas veces traicionado!
Mil veces vilipendiado, humillado, despreciado…

¿Pero que importa la traición de un poeta?
Es que él dice la verdad
Y a los hombres, a los amigos, la verdad
No les gusta…
En esta; la sociedad del consumo
Se consume hipocresía
Y asi engordan ¡los esclavos del egoísmo!

Tuve un amigo, al que engañe
Ahora me queda la verdad…
Que alimenta el devenir de mis demonios
De mi carne fláccida, de mis pulmones mustios…
Quizás, solo quizás
La soledad y el poeta solo tengan un amigo…
El alcohol y los excesos; vicios del ermitaño.

Y el paso de los años,
Me escupió otra verdad,
¡No traicione a mi amigo!
El quería mi esencia, para elevarse entre sus
Raquíticas disquisiciones; pedestres y sin pasión.



miércoles, 1 de febrero de 2012

Horizonte porteño


 Me encuentro en Florida y Av. de Mayo, en un pequeño bar del centro porteño, sentado en la semipenumbra de una de las mesas del fondo, el hombre frente a mi me refirió la historia.    Lo conocí dos días antes de forma casual —así lo creí entonces— al realizar un trámite burocrático.  Lo engorroso de la espera me llevo a entablar conversación con el sujeto, de aspecto irresistiblemente atrayente. La tez cadavérica, los ojos de consistencia acuosa, muy grandes y brillosos,  labios finos y  palidez intensa,  nariz del tipo aguileño,  pequeña pero agresiva, al igual que el mentón que, aunque de molde fino denotaba gran fuerza,  el cabello, prolijamente peinado, de aspecto sedoso, muy negro y con profusas entradas. 
   Llevaba traje oscuro, de corte similar a los usados en los comienzos del siglo XX; aunque sin sombrero, y un paraguas algo anticuado completaba el vestuario; pero lo más llamativo, fue que llevaba en el brazo izquierdo un impermeable gris. 
Es comienzos de Enero y atravesamos un verano muy caluroso, además, la escasez de lluvias, cuenta ya tres meses.  Quizás, se trate de una de esas personas excesivamente prudentes, pero no deja de resultar peculiar.
  Su charla es amena y pronto, comencé a sentir la irresistible tentación de inquirir sobre la necesidad del abrigo, pero con no pocos esfuerzos contuve mi curiosidad.  Habíamos entablado una conversación tan entretenida que las tres horas que la asfixiante burocracia municipal nos había retenido allí, pasaron rápido acordando continuar en la mesa del café más próximo. 
  Al salir del palacio municipal,  nos sorprendió una intensa lluvia, y reconocí el oportunismo de mi compañero de proveerse de la incomoda vestimenta, pero ante mi sorpresa, ni siquiera abrió el  paraguas, y note, al observarlo con el rabillo del ojo, que una  diabólica sonrisa se dibujaba  en su afilado rostro. 
Cruzamos la calle hasta el pequeño bar,  lo copioso del temporal me había empapado completamente, pero al observar al singular individuo, mi sorpresa fue mayúscula, él no parecía haberse mojado demasiado y, al mirarlo detenidamente note que siquiera una gota lo había tocado.  ¡Estaba completamente seco!
 Ya sentado frente al casi inconcebible ser, note que su anterior expresión melancólica había mutado en una de perturbadora malicia.  Una sensación ambigua comenzaba ahora a atormentar mi razón, quería huir de aquel rostro de muerte, pero al mismo tiempo no podía dejar de sentir una profunda atracción por el escuálido individuo, y sobre todo por su increíble locuacidad.
 Dos días mas tarde, nos veríamos en el mismo bar.  Me dejaron impresionado sus conocimientos referentes al ocaso del régimen rosista y los acontecimientos que concluyeron con la sanción de la constitución de 1853.  Mi interés radica, no solo en la pasión por los hechos históricos, que me había llevado a convertirme en profesor de historia de la Universidad de Buenos Aires.  Sino que me encontraba — aprovechando el breve receso académico — finalizando un humilde ensayo referente a la ingerencia de Rosas en la historia argentina del siglo pasado.  Y daba la casualidad que por esos días, había visto frustrada mi intención de referirme a algunos pormenores de la vida del “Restaurador”. 
 El caso es que aquel personaje hablaba y poseía los conocimientos de un erudito, pero resultaba verdaderamente increíble la profundidad que sus relatos trasmitían, y la vehemencia y detalle, al relatar “anécdotas” de “la Mazorca
  Tres de la tarde,  haber acudido a la cita con treinta minutos de anticipación excitaba mi ansiedad, estaba resuelto a, tras haber obtenido los datos necesarios para mi ensayo, inquirir al extraño sujeto sobre su origen y apariencia, pero mas que nada acerca del vetusto impermeable gris.
  Elucubraba los pasos a observando por la ventana del escuálido barsucho, la copiosa y pertinaz lluvia.  Raro,  que desde el momento de conocer al lánguido personaje, no había cesado de llover.
  Se presento puntual, y pese a no tener el impermeable puesto, ni llevar el paraguas abierto, no tenia rastros de haber sido alcanzado por el fenómeno meteorológico.  La maliciosa expresión de su rostro se había acentuado, y lo que antes me resultaba curioso, ahora, me inspiraba un opresivo terror.
  Sentado frente a mí y tras saludarnos económicamente, me dijo lo siguiente: “El momento por fin ha llegado mi amigo, la tormenta pronto pasara y debo marcharme con ella.  Voy a contarle algo a lo que quizás no de crédito al principio.  Existen extraños sucesos que pueden ligar a una persona con fenómenos de la naturaleza, y yo soy una de esas personas.  Aunque no puedo decirle las razones que me condenaron al suplicio.  Como usted sabrá, era muy difícil sobrevivir en aquellos convulsionados años de la Confederación Argentina, y mucho mas tener una posición acomodada sin el respaldo de ciertas personas.  Pues bien, era yo entonces un comerciante respetado, y me había ganado la simpatía de ciertos caballeros de encumbrada posición.  Como usted sabrá entender, los avatares de la política llevan a situaciones que, a veces, requieren medidas extremas.  Pues así lo entendíamos  entonces, por lo tanto decidimos—junto a algunos amigos— fundar una sociedad.  Pero bueno, en la altivez de mi soberbia no pude ver la ruina que se alzaba en mi camino; y cierto día, en que habíamos cometido un acto de obscena brutalidad contra un opositor al régimen, decidí hurtar un abrigo, era extraño, nunca había visto una prenda así.  El opositor—eso creíamos que era pero habíamos cometido un terrible error— era un hombre de oscura apariencia, de tez pálida y rasgos cadavéricos.  Al tomar el abrigo, me pareció notar como una diabólica sonrisa, apenas perceptible, se dibujaba en su repulsivo rostro, ahora espantosamente deforme por el accionar de mis compañeros. 
  A partir de entonces, mi vida ha transcurrido en la penumbra, nunca mas desde aquel nefasto día, volví a ver los rayos del sol en todo su esplendor.  Donde sea que me dirija soporto la compañía de negros e implacables nubarrones que oscurecen mi alma y atormentan mi razón, debo sobrellevar una vida de sempiterna oscuridad, de frió y de humedad que calan los huesos.  Y los días y las noches de sepulcral soledad, sin cruzar palabra con ningún mortal, ya que como se habrá dado cuenta, la gente evita mi aborrecible presencia. ¡OH destino cruel! Pedí por  piedad la bendición de la muerte. Rogué, suplique  y maldeci a cuanto dios o demonio se me ocurrió responsable de tan espantosa pesadilla.  Pero ahora, después de décadas de infame suplicio, creo haber hallado una salida. ¡Si! Ahora por fin he hallado la forma de burlar los designios de mi horroroso porvenir.  Y ahora, mi desdichado amigo, me  retiro..   Me despido de usted, gentil caballero. Y lo lamento, lo lamento…  Pero no puedo soportarlo más. Adiós.”
  Quede atónito.  Entonces, el lúgubre personaje se levanto y camino decididamente hacia la puerta.  Se detuvo un instante, contemplo el encapotado cielo y dio dos tímidos pasos al exterior.    Lo que siguió fue algo para lo cual, no estaba de ninguna manera preparado.  Ya bajo el aguacero, el cielo literalmente comenzó a estallar sobre él, la cellisca aumento dramáticamente su caudal y cientos de relámpagos comenzaron a azotar el desvencijado cuerpo, convirtiéndose en una informe masa, ennegrecida y nauseabunda. 
 La tormenta de inmediato comenzó a disiparse, por la rapidez y lo abominable de la situación, no había reparado en que el individuo no llevaba consigo aquel intrigante impermeable, este se hallaba sobre la mesa…  ¡Frente a mi! ¡No! ¡Horror de los horrores! Entonces comprendí.    Ahora el horizonte para mi, se vislumbraba gris… y frió… y eterno.
 Yo había ocupado su lugar.

FIN