martes, 25 de diciembre de 2012


Yo escribo


Yo escribo
Porque mi madre,
se impuso la verdad de la muerte
¡Se suicido!
ante mi disipada mirada.
Sus hijos pendencieros ¡ratas de cloaca!
buscan mi muerte,  para detener la suya.
Lumpenes hipócritas del dominio maniqueo,
creados por Dios
¡para representar su imagen!

Yo escribo
Y vivo, viendo caer a mis amigos
¡Y sigo vivo!
Rodeado de cobardes enemigos.
Lucho, en los campos de batalla del capital,
Y aún me revuelco en la pobreza.
¿Cuántas veces? ¿Cuántas veces?
El plomo aullando en mis oídos.
¡Y sigo vivo! Puta suerte.

Yo escribo
Desde aquella noche,
del principio de los tiempos.
Que se hace viaje perenne
¡para el que nunca saque pasaje!
Pero es mi vida, desdicha de los antiguos
Y nuevo flagelo de los desconocidos tiempos.
Yo creo en el obrero
y en su pertenencia de clase.
Y me cago en la nueva izquierda aburguesada
Que sale en los noticiarios.

Yo escribo,
Para detener la muerte que siempre me acecha
en las vías muertas del subdesarrollo.
Me ataron al cuello
Las cadenas de la desgracia,
Y transito el lodazal de mi infame idiosincrasia
Para vivir ¡o para morir!
¡Soñando! con la libertad. 

Canción para un asceta




Hoy he vuelto 
como en otras madrugadas,
a levantarme de mí tumba.
Soy el doliente de muertes viejas
de parias profanos,
a los que lloro asiduamente.
Y sacudo el polvoriento peso de panteones vacíos
Para que el puto mundo me consienta.

Hoy, hay un día claro y luminoso,
Y camino solo, solo…
Entre estos ermitaños sepulcros.
En andrajos me han visto
Los enterradores de esta pesadumbre.
Y sacudo el polvoriento peso de panteones vacíos
Para que el puto mundo me consienta

Un dolor nuevo ha doblado esa esquina,
Siempre hay lugar en un corazón roto.
Soy el asceta de los muertos que venero.
Pero camino solo, solo…
Cantando estrofas de antiguos poetas
Y sacudo el polvoriento peso de panteones vacíos
Para que el puto mundo me consienta.

Quizás,
 este negro mediodía me regale una alegría,
O una buena muerte,
si mi pozo se inunda, acaso salga a flote
y vea una nueva mañana.
Y sacudo el polvoriento peso de panteones vacíos
Para que el puto mundo me consienta.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Micelaneas I


En un sueño, tuve un padre
Durante un tiempo.
En el puerto de Buenos Aires,
Le cercenaron la pierna derecha,
Tiempo después, entrego la otra, 
solo por cobardía.
En sueños, creí tener una madre.
La muy bastarda, 
solo amaba a sus hijos delincuentes
Por los que se desvelaba 
en noches de comisaria.
Yo crecí, claro, como un paria,
Entre lumpenes, ignorantes 
y tradiciones anquilosadas.
Me hice hombre, siendo un niño.
Como todo niño, lloraba en las noches,
Como todo hombre,  ya no creí en sueños.
Así que detesto mi existencia,
¡Si soy solo esperma rancio! 
¡de ese tullido rencoroso y cobarde!
¡Si me albergó el útero cansado! 
¡de la católica subordinada!
¡A la mierda mi vida! 
Y que mierda fue mi vida…
Pero ¡Ah! 
Por miserable que haya sido mi existencia.
¡Yo me hice a mi mismo!
Y si no muero, es por mi impronta,
La del sobreviviente, 
del rebelde y del paria.

martes, 6 de noviembre de 2012

LA VERDAD Y SUS MODALES


Me vine al mundo,  con los pulmones marchitos
y la mirada necia del derribador de mitos.
De las entrañas de una madre,
podrida en licencias del pobrerío envilecido,
jactancioso en su inocultable ignorancia…
No salí de una vagina, me pario una guillotina,
me corto el metal mellado, corroído, intenso…
Ofensivo y jadeante, le escupí la cara al nuevo mundo,
¡Él! ya lo había hecho…

Así que entre estertores sanguinolentos,
crecí para ser… uno más.
Pero en esa empecinada inconsciencia,  
me abrazo la poesía
que a falta de madre, a falta de padre,
me cobijo bajo su ala ajada, reseca…
Me hice amigo de viejos maestros
¡los humillados de siempre!
Me abrace a esa esencia, para morir de pie,
siempre jugando a ser ¡el que nadie quiere!
los estertores amargos del mendigo fueron mi voz,
y el sediento desierto se poseyó de mi garganta.
Mis viejos maestros ¡mil veces nacieron!
entre añosos bosques y mesetas resecas,
entre el populoso vaho de ciudades burguesas;
individualistas y egoístas…
¡o generosos ebrios!
también se emborrachaban
en las escalinatas de la iglesia.
¡Dios nos odia!  Quizás, sea por eso…
Entre la caña de azúcar del noroeste tucumano,
y la parra de viñedos franceses.
De entre las pampas criollas oí el grito sagrado,
¡guerreros incansables alzando sus lanzas!
el grito se escucho lejos, pero murió…
Como tanta nobleza.
Ajeno a la maquinaria del dominio maniqueo,
de las  altisonantes patrias populistas,
del genocida anhelo de los señores del partido militar…
Creí, creí, creí…  
¡Para no ser! ¡Para no ser!
el mísero paria que escribe estas notas
Y la verdad, ¡Ahhhh! Si, ¡¡la maldita, verdad!!
Cuantas mentiras se han escrito sobre ella.  ¡La maldita verdad!
Me escupió a la cara, para que vea el cielo oscuro,
Y la aplastante perseverancia de los explotadores,
de los… ¡detentadores del poder!
Y si me escupió, fue para que despierte del largo letargo,
del mísero transcurrir de una infancia de mierda.
Otra vez se repite el descargo vil de la saliva en el rostro,
Pero… acaso mi cortesana
¿No me escupe el miembro cuando penetro en su boca?
¿Acaso no escupe el mendigo? suplicando unos mendrugos.
¿Acaso no escupe la señora “bien” a su mucama?
Y el amo ¿no le escupe el trasero a la criada?
¿para sodomizarla en el baño?









El clavo de Dios



El hombre, le pidió a dios un milagro
Y este, le envió a su hijo
que vago 33 años por la tierra,
Y se dejo morir,
clavado a un trozo de madera.

El hijo de dios,
lego la culpa y el escarnio
a las míseras creaciones de su padre,
que lo asesinaran ¡con goce  y cruel perseverancia!
Clavándolo a un trozo de madera.

Tan imperfectas y pueriles
Son aquellas creaciones de dios,
Que adoraron la osamenta atormentada
De ese muerto resucitado ¡que ellos mismos!
clavaron a un trozo de madera.

Aquellas  criaturas, crearon estados
Y le tributan a “su” iglesia
Que se ufana de su estirpe pederasta,
Y se cubre de plegarias al mismo Dios,
Pero clavaron a su hijo, a un trozo de madera.

Pobre raza, tan maleable
Como  arcilla rancia de lodazales espurios,
Que se engaña en misas sacrosantas
Y ostenta el deicida recuerdo
clavando ¡a sus propios hijos!
a trozos de madera.

Así, la innoble casta pederasta bendice
lanzas y espadas,  fusiles y barcos, tanques y misiles,
Maldice poetas y escupe el vientre violado
De las hijas de Dios, para clavar su osamenta
A un trozo de madera.

Hoy, el pio moralista, el señor burgués
Y la señora  con carteras Louis Vuitton,
Gobiernan las tierras impías,
Legadas del  fuego y la conquista
¡El hombre ha creado la sociedad perfecta!
Juzgando y clavando…
en trozos de madera.




miércoles, 24 de octubre de 2012

La vulva de Anuket


Camino descalzo entre rosales,
flores rojas y nuevas
que alaban a dios y a la creación.
Desgarran mis piernas resecas
que ya siquiera sangran.
Aguardan, como el esperma del perro,
fecundar de esencia nueva 
los goznes del mundo.
Si hay portones abiertos,
siempre tomo a puntapiés 
las nuevas encrucijadas
 y es que apuro el paso
 para llegar primero a los bares porteños.
Sucia concupiscencia la que engendro mi estilo,
pero aunque no crea en ella,
Se erectan mis novedades para ¡nunca!
desandar los nuevos caminos. 
Velas rojas, arrojan aromas 
que a veces, detesto,
solo el milagro efímero
me devuelve la fe
de los pasillos angostos del nuevo villorrio.
Yo amo al verbo y la palabra escrita,
el pubis adolescente 
y la imprudencia libertaria de años de mocedad. 
Pero soy el cadete de la sociedad de consumo.
Camino descalzo entre rosales,
para andar entre el populacho 
y no vomitar a las puertas del cielo. 
Manos sudorosas me retuercen el pescuezo,
es que ya no creo en esas muchedumbres 
¡que no dicen nada!
Si paseo entre las masas,
es para componer versos nuevos, 
que me liberen el alma,
como un escupitajo en la casa del embajador, 
ellas me repudian. 
Bebo de alcoholes necios 
como el mundo que me consume,
y solo las viejas botellas ociosas
denotan mi presencia.
¡Gonorrea y alcohol! 
vomito precoz de los nuevos parroquianos
de los sojuzgados de siempre. 
¡Me cago en dios y en la sociedad de consumo!
pero rezo en viejos bares
para que fluyan los jugos
que se atropellan en mi reseca garganta.
Me fui a la cama de una mujer vulgar,
después de todo,
somos dos marionetas manoseadas por el tiempo.  
Me sedujeron sus piernas, sus pechos,
me atraparon sus nalgas redondeadas
y lamí del clítoris húmedo
los jugos sagrados de la vulva de Anuket.
Me enamore de esos labios,
del negro cabello que acaricia sus hombros,
simetría perfecta donde acaban mis efluvios,
para no dejar descendencia
que castigue, mis años de Senectud.

martes, 4 de septiembre de 2012

Hiperespacio conurbano



Una bestia se hace esperar, pero siempre aparece al final del mediodía, la bestia traga, esta repleta de insulsas criaturas cumbiasticas, esclavos.  Niños que vagan por el mundo buscando, un lugar…  la bestia engulle, vive de esas criaturas efímeras que pagan por ser devorados en la insaciable ambición de transportar vacuos insípidos, desgraciados sin alma, hacia confines olvidados, hacia lugares, lugares seguros… donde corromper su esencia y transformarlos en hombres y mujeres de bien.
Ellos pasan, gimen su incoherencia y se solazan de su ignorancia.  Vociferan para sentirse vivos, gimen para mostrar vida, se arrodillan para ser alguien…  y allá van hacia confines cósmicos, escuelas de conformismo y libertades amputadas.
Me dicen Che

Me dicen Che, porque me he dejado la barba
Extraña asociación de un hombre
con el mejor, de todos los hombres.
Me dicen Che, porque lo han visto en remeras
Como si de un rockstar se tratara,
Y algunos veneran la imagen
Por no comprender la esencia.
Me dicen Che, porque fui a una marcha
A reclamar por unos vetustos derechos.
Me dicen Che, porque me tape la cara para cortar una ruta
¡Es que tenía hambre!  Y de la mesa del festín, no caía nada.
Me dicen Che, porque leo a Sartre, a Baudelaire y a Olivari
a Bukowski, a Parra y Cocteau.
Y a veces, garabateo cuadernos, que pasó de mano en mano.
Me dicen Che, porque el cielo en que  creo
Se llama Pueblo y al Dios que le rezo,
Se le ensucian las manos, ya que construye la historia.
Me dicen Che, por decir lo que pienso
O por hacer lo que digo, o por guerrear con la muerte
¡Para que todos vivan!
Me dicen Che, porque me hermane a los pobres de América
Para liberar al mundo.
Me dicen Che, porque al sur del Rio Bravo
Siembro semillas de rebelión y poesía.
Me dicen Che, porque empuño fusiles
Para que mis hijos, empuñen palabras.
Me dicen Che, porque dejo en las manos obreras
La arcilla del hombre nuevo, el que transforme al mundo.
Me dicen Che, porque el asma jadeante
que me apuñala el pecho,
 Solo agita las ideas, el amor, y la pasión por mi gente.
Me dicen Che, porque vivo en miles, en millones de nuevos sueños
En cientos de combates, en el monte y la ciudad
En la fábrica y la universidad,
En barrios, villas y entre el campesinado.
Me dicen Che, porque anido en el corazón de los pueblos oprimidos
¡Que luchan por su libertad!
 en la querida Cuba, junto a Camilo y Fidel.
Me dicen Che, porque la sangre que riega suelo boliviano,
es la misma, de los originarios rebeldes.
Me dicen Che, porque creo en la utopía,
Porque el hombre nuevo está naciendo… está llegando…
Por eso, por eso… 
Aunque quizás por menos, me dicen Che.


jueves, 28 de junio de 2012

26 de Junio de 2002


No sabia que me despertó tan temprano, tal vez el frió atroz que me apremiaba en mi insolente pobreza, pero habituado al suplicio que me abraza impune lo descarte de inmediato. 
Quizás el hambre que intima las entrañas reclamando algún mendrugo, pero no tenia hambre,  no en esa ocasión.
No recordaba haber padecido las habituales pesadillas que me atormentan desde años postreros, de todos abandonado.
Sentado  en la escuálida cama, rodeado de la oscuridad pétrea, contemple obsesivamente el vapor que mi respiración  expelía.  Tantee las formas difusas, con la escasa luminosidad que ingresaba por la ventana sin persiana, en busca de un reloj, y comprobé con la llama de un encendedor, que iniciaba el día demasiado temprano, las 4:35AM
La noche anterior me había dormido ni bien apoye la cabeza en la almohada, el cansancio de largas jornadas de militancia se hacia por momentos insoportable y aquellos días cargados de tensión, saturaron mi resistencia. Así que sume esto a mi extrañeza por ese repentino insomnio.
Alegue diversas razones mientras buscaba conciliar el sueño, necesitaba el descanso,  pero ni la adrenalina fluía aun con suficiente rapidez ni sufría de la ansiedad por los hechos que ese día, estaba previsto sucedieran.
Finalmente, admití que una rara sensación, una  manifestación de la razón que había  guardado en un rincón de la mente se había filtrado  entre sueños.
Después de muchos años de imprudencia y arrojo desmedido,  sin mucho que perder y con mas inconciencia que valor, ¡era el miedo! el que impaciente se hacia presente, camuflado entre oníricas disquisiciones. 
El miedo a la muerte, el miedo a acobardarme ante la brutalidad armada del poder que sin duda se descargaría sobre los pobres que se enfrentarían con rustico armamento al despliegue  militarizado de los adalides de las sagradas instituciones, de la “democracia”.
Después de mucho tiempo, había algo que me increpaba y me decía;”esta vez tenes que cuidarte...”

Así que me levante temprano aquel 26 de Junio de 2002, y en las horas previas al frió amanecer deje que el temor se diluya por mi cuerpo, y  me convencí que era importante seguir con vida.
Recorrí una  a una las circunstancias que me habían llevado a ese lugar, al frente de la organización de mis vecinos enfrentaba por primera vez en serio la construcción de un movimiento de desocupados; “referente” de un barrio, decían los apretados niños bien que conducían aquel enclenque MTD.  Aquellos burguesitos, salidos de su ensoñación utópica, creían ser los elegidos conductores de la lucha popular, un manojo de elucubraciones maliciosas de su mentor los había depositado en ese lugar: “dirigentes”.  Aunque ellos, los elegidos, repudiaban esa denominación, esgrimían practicar una nueva política; sin dirigentes, donde todos eran iguales.
 Crearían “islotes socialistas” donde algún día ese puñado de adelantados seria requeridos por las masas oprimidas, a las que conducirían hacia el paraíso del “cambio social”.
Por supuesto, todo matizado de una vida libertina y carente de responsabilidades reales,  donde los preceptos morales que ellos mismos levantaban no eran practicados a modo de ejemplo, sino como excepción  para que aprendan los “negritos”.
Tanta vanguardia envuelta de tanto simplismo principista, chocaba con mi formación que se antojaba más ortodoxa, o como los “elegidos” decían, mas estructurada, vieja.
  Supongo que aquellos desvaríos, serán algún día objeto de estudio de futuros antropólogos que buscaran entender algo que no tiene el menor sentido o espíritu revolucionario, y cuyo logro  máximo fue sumir en la confusión a  muchos jóvenes que abrazaron la teoría de la lucha por el “no poder”. 
Así y todo, aquellos militantes de pacotilla, arrogantes y soberbios,  eran niños jugando  divertidos, ignorantes del dolor y el sufrimiento como si de una aventura escolar se tratase.
  Pequeños consentidos en su gran juguetería, hacían cabriolas y hablaban alto para que los otros niños escuchen y los envidien.
 Pero entre esa escolástica jarana, y detrás de los triviales debates de café estaban ellos: Los pobres y marginados; las señoras gordas con su sequito de vástagos a cuestas, los obreros echados a patadas de sus trabajos, los jóvenes sin futuro, los pibes chorros que querían dejar esa vida lumpen, los hombres y mujeres hartos de la humillación decididos a pelear.
Pero a no engañarse, ni es mi intención hacerlo, de aquellos populosos barrios de miles de esos pobres, solo un puñado de ellos tomaba la posta, alzaba la bandera e iba al frente ante el enemigo brutal.  Ese puñado, cuya suma daba miles, era la vanguardia real, la reserva del pueblo que, con sus necesidades a cuestas se calzaba la capucha, empuñaba un rustico garrote y al fragor de las gomas quemadas se plantaba frente al poder, que reclamaba, exigía y moría.
   
No recuerdo con precisión, los momentos previos a embarcar hacia avellaneda, solo aquella asamblea previa, donde un burguesito arengo al puñado de piqueteros a realizar el corte de ese día. Lo hizo para un medio alternativo, claro que cubría con atención las desventuras de los adalides del “no poder”.
Después, ya en el bizarro ferrocarril, fueron sucediéndose el ascenso de compañeros en las estaciones Ardigo, F. Varela, Bosques, Ezpeleta y Quilmes, donde mayoritariamente se asentaban las fuerzas más importantes de “La Veron”.
El tren, a esa altura repleto de pobrerío insurrecto, combativo, se bamboleaba por el sobrepeso y la arenga de la agitación que cantaba y saltaba, seria el momento de distensión y algarabía de los combatientes previo a la batalla.
   Al arribar a destino, el estrépito del helicóptero de prefectura, en vuelo estacionario sobre el convoy, nos inyecto de adrenalina el cuerpo, ahí estaban las falanges del enemigo.  Con un movimiento de mi mano, indique a mis compañeros cubrirse el rostro con las remeras que preparamos, prepare la mía pero no me la puse enseguida, la atesore entre mis manos, era un recuerdo de otros tiempos y suponía que de una u otra forma la perdería.  Aun así, seria aquella remera negra de “Hermética”, lo ultimo que desecharía en la desbandada final.

Ya sobre la Av. Pavón, se destacaba a 100 metros de la estación, un batallón del grupo “albatros” de la prefectura, con sus escudos negros y el uniforme color caqui, apostados en la subida de dicha avenida, hacia el puente Pueyrredon.  Solo después, con el análisis en frió, fuimos concientes de que esa ubicación buscaba conducirnos a una trampa, obligándonos a ir hasta el nacimiento de la Av. Mitre.  Al llegar, descubrimos otro pelotón de prefectura, sobre el puente viejo, el cual descargaría su fuego sobre nuestra retaguardia durante el repliegue.
El avance, mostraba determinación y conciencia, al frente de tres mil piqueteros de “la Veron” unos 800 combatientes encapuchados, armados con palos y gomeras, entonaban las arengas de la lucha piquetera.
Subimos hacia el corazón de la trampa montada por el enemigo, en la Av. Mitre, allí en la calle Chacabuco, el pelotón de infantería de la bonaerense, comandado por Franchioti, aguarda para desatar la barbarie.  Desde Plaza Alsina, la columna del “Bloque Piquetero” bajaba al encuentro de la nuestra, al grito de “piqueteros, carajo…” aguardamos el encuentro y entonces Franchioti ordeno cerrarles el paso, generando la chispa que detonaría la represión.  Los palos piqueteros y de la infantería se cruzaron durante un breve combate como los de antaño, y después los estrépitos de las Itakas y lanza gases ganaron la escena.  Respondimos con lo nuestro, volaron palos y piedras y tras un instante de confusión, el enfrentamiento comenzó en serio, la sangre hervía en venas y descargue una y otra vez con mi gomera todo un arsenal de odio viseral hacia las fuerzas de la represión.

 Y de nuevo los cánticos, las arengas de cientos de pobres insurrectos, valientes y decididos a pelear por nuestro futuro, se hicieron fragor combativo, vivo y ejemplar.
Las detonaciones de armas largas acallaron la voz del pueblo, la estampida generalizada opaco con el griterío los infames sonidos de la represión.  Primeras corridas y la adrenalina fluyendo a raudales, al fin lo que tanto ansiaba; el combate...  Desigual, ante una fuerza armada de fusiles, Itakas, escudos, escopetas, logística inmensamente superior, es una segura derrota.  Pero que importa, es al fin la hora de los valientes, es la hora en que el fragor del combate se nutre de la sangre y el ímpetu joven, vigoroso y la moral, es aun la mas alta.
Los sonidos, años después son aun patentes en mi cerebro; vítores, llantos, desesperación.  Las detonaciones que se suceden, ruidos metálicos, cristales rompiéndose; es la voz de la batalla que aun me llama, me reclama.
 La muerte esta ahí, espera su botín del día y lo tendrá; una descarga y a mi lado caen, uno, dos, tres, no se cuantos compañeros.  Ya frente a Carrefur, en plena batalla, de pronto alguien grita, su voz se destaca sobre el resto: ¡Compañeros, me dieron!—es un muchacho muy joven, lleva barba y viste una campera verde.  El sonido de la sangre desparramándose en el piso, fluyendo a raudales, me impresiona mas aun por saber que su herida es de muerte, que esas balas que no se ven ¡ya están matando!
Es la constatación patente de algo que sabia pasaría, lo que asusta, pero es un instante, solo un instante donde la razón reclama prudencia, pero el corazón cargado de odio, azuza a los músculos y a los sentidos a continuar la batalla. 
La muerte, reclama su primera presa y espera ansiosa, ¡sabe que habrá más!
Esas calles, convertidas en campo de batalla, tan conocidas por mi, es como pelear en casa.  Lugares comunes, los he visto transformarse, trasvertirse en lugares de vil mercantilismo, y es lo que después de todo, protegen esas balas policiales; vil mercantilismo.
La represión avanza, es fuerte y decidida, como una quimera monstruosa se sabe superior en recursos y se sabe impune.  Pero en aquellos ojos que logro vislumbrar tras la parafernalia brutal, en esos ojos esta su verdad ¡tienen miedo! Pequeños instrumentos descartables que utiliza el poder, arietes inmorales del burgués asustado ¡tienen miedo!
Frente a la estación, paramos un micro, atestado de pasajeros, se encontró con lo peor del combate; los rostros aterrados buscan escapar, tras chocar lentamente (vaya imagen surrealista) contra un poste de luz, estallan los cristales hechos añicos a palazo limpio.  Un chico abrazado a su madre, bañado en llanto por el miedo y por los gases me mira como buscando una respuesta. ¡Es la batalla! El colectivo arde, aun no hay ganadores.  El pecho se infla de orgullo desafiante ¡que importan las balas! ¡Es la batalla!
El colectivo arde, abrazado por las llamas desprende una columna de humo densa que se mezcla con los gases lacrimógenos, cuya trayectoria contemplo ahora; una chica de pelo largo y abundante corre junto a la pared, la munición estalla contra esta produciendo chispas que le encienden el cabello, es una escena casi cómica entre tanta tragedia, pero no me causa gracia.
Hay un breve interludio, el fuego del micro incendiado detiene a las falanges asesinas, una columna de prefectura se planta frente a la estación, mientras la bonaerense arremete contra los compañeros que entran en la estación.  Se oyen estampidos, ¡son balas que están matando¡  Ellos, empiezan a ganar, pero solo ganan con matar y la muerte es su unica victoria.
Sobre Pavón, camino hacia la “seguridad” de la masa de compañeros que usaban sus gomeras contra los asesinos, hay un momento de tregua y busco limón entre mis ropas, el gas lacrimógeno daña mis ojos y garganta.  Alguien avanza hacia mí, un compañero robusto que lleva en su cabeza a modo de capucha, una remera roja, me parece conocido, aunque solo vea sus ojos.  Adivino una sonrisa bajo la escuálida prenda de combatiente, yo también sonrió y nos fundimos en un abrazo, que el estrépito de los balazos deshace.  Es L,  un amigo que hace dos años no veía.

No vi a Darío durante toda la jornada, no tenia que hacerlo. ¡Ahora esta muerto! Es la muerte que mas duele, la mas atroz y también la mas digna ¡Es la batalla! Un militante, cuadro para la Revolucion, tan joven y con tanta moral.  Es un compañero, aunque pensemos distinto y esa imagen final lo pinta de cuerpo entero, no abandonaba a compañero aun ante la presencia de la muerte, lo respeto.

Después, combatimos hasta gerli, ellos avanzaban y nosotros respondíamos. Las balas zumbaban, el aire era irrespirable, con breves treguas, tomábamos impulso, pero la represión no cesaba.  Brutal, nos arrasaba, solo la valentía de nuestros compañeros la sofrenaba, pero era inexorable, ese día nuestra victoria era moral.
Ya sabíamos, la sangre derramada era otra vez nuestra, como la de Javier Barrionuevo, la de Carlos Almiron y de tantos compañeros.
La ultima emboscada, y la resistencia se quiebra, una nueva embestida ¡brutal! A sangre y fuego, divide nuestras fuerzas.  Ya todo es caos, me vi envuelto en una nube infame de gas irrespirable, solo queda la huida. Todos corremos, algunos buscan refugio en casa y comercios, pero no hay caso.  Las botas patean puertas, golpean y fustigan a cualquiera, piquetero o no.  Jadeante, agotado y acosado por las camionetas con fusileros enceguecidos de apasionada barbarie, corro hacia una calle lateral, repleta de autos que bajaban desde “los siete puentes”.  Todo es confusión, no puedo respirar, pienso en entregarme, pero los disparos me impulsan a salvar mi vida.  Entonces corro, ya solo pienso en escapar, la muerte esta ahí, los balazos levantan el revoque de las paredes, a 50 metros una tapia de columnas de acero separan la calle de las vías del ferrocarril Roca. No se como, trepe los casi dos metros y tras sortear el alambre de púas, salte al otro lado.  Sin fuerzas ya, rodé bajo las formaciones férreas, mugrientas de barro y aceites, después apareció una enorme superficie a campo abierto, éramos muchos quizás cien.  Un grupo se monta a un tren de carga, que avanza lento, en la desesperación no se percatan que la vía termina a veinte metros.  Solo queda correr, a campo traviesa y entre las vías rogando no ser descubiertos, huir de la bestia de la represión, pero no es tan fácil, es una bestia inmensa, despiadada.  Casi desfalleciente, corrí junto unos veinte compañeros, no los conocía, aun estaba encapuchado y pensé en trepar la alambrada hacia alguna calle solitaria, pero las “lanchas” policiales estaban por todos lados.  Pude ver como un grupo más adelantado, al llegar bajo el puente gerli, era sacudido por los disparos a mansalva desde arriba, la bonaerense practicaba tiro al blanco entre rizas y al grito de “tomen zurdos”.  Así que decidí esperar, un helicóptero volaba rasante, seguramente informando de nuestra posición.  Deje que avance y me escabullí bajo unos arbolillos vetustos, escondí la gomera y los escasos proyectiles en uno de ellos, después ya con la capucha en la mano me introduje por un agujero de la alambrada y tuve la suerte de dar con pequeña feria de verduras en la calle inmediata, estaba atestada de gente, era mi oportunidad y la aproveche.  No lo dude, ya en medio de esta y ante la atónita mirada de feriantes y vecinos, me despoje de la ropa de combate, deseche todo cuanto pudiera delatar mi pertenencia piquetera y raudo, me marche.  Conocía la zona vagamente y decidí continuar el plan prefijado, llegar a ala estación de Lanús para reagruparnos.
  Con esmerada y absurda prolijidad, doble aquella vieja remera de “hermética” y la retuve entre mis manos, como si al conservarla pudiera retener algo de la mística vivida en esa desigual batalla.
En tres oportunidades las patrullas que rondaban en busca de piqueteros, frenaron junto a mí, pero por alguna razón esos desencajados rostros decidían seguir, ostentando sus armas, como en otras épocas lo hicieran, despreocupada e impunemente.  Así que arroje la obsoleta prenda, temiendo me delate, y continué la marcha, el frió calaba los huesos pero no lo sentía, pensé en mi compañera. ¿Qué habría sido de ella? En aquel joven baleado frente a Carrefur, seguro había muerto. ¿Cuántos serian los caídos? Calcule que muchos.  
 En un kiosco, un pequeño televisor mostraba imágenes de la jornada y el epígrafe me estremeció: “DOS MUERTOS”   








martes, 19 de junio de 2012

Fatua esperanza, de un idiota


Esta noche que la espero, no se si esperarla.
¿Cuántas veces aguarde su llegada?
al desamparo de noches nubladas. 
Y yo, que cada vez más la deseaba.
Voy a la esquina y la imagino  ¡Ya cercana!
 Pero es el silencio, quien destroza mis vanas esperanzas.
 De un lado a otro de esta sórdida plaza, camino con paso lento. 
Solo para engañar su tardanza. ¡Pero es tarde…!
Y ya no viene. Pero, no.  Aun puedo un minuto mas, esperarla.
Hay un teléfono en la otra cuadra, podría llamarla.
¡No! Y si viene cuando me marcho, pensaría que me he ido. 
Y seria vana mi llamada. 
Debo esperar solo un rato, aun es corta su tardanza.
A lo lejos, alguien viene.  ¡Apenas puedo divisarla!  
Y es tanto mi deseo de abrazarla, 
o de solo contemplarla  
¡que adivino!  Entre la distancia brumosa 
que nos separa,
su sonrisa blanca, resplandeciente,
que endulza el aire de sopores virginales,
entre tanta mísera corrupción tirana.
No se si es ella, quien cabalga 
estas penumbras aciagas. 
Pero solo presentir, el paso raudo 
de sus bellas piernas largas. 
Es el preludio, de poseer, 
lo que mi atormentada alma reclama. 
Escruto la lejanía que envuelve tu llegada,
y aun no me convenzo que esas sombras,
entorpecen el placer, de contemplar,
el largo andar de quien se sabe deseada.
Que desprecio mundano es envolver,
tan maravillosa diosa del amor esquivo,
entre burlonas penumbras de soledad cargadas. 
De bruma subrepticia que opaca 
los contornos del placer, hecho carne.
Y sos todo lo que anhelo y más deseo,
entre fatuos desvaríos,
que esclavizan el cielo que es nuestro milagro: 
amar lo que tanto espero.
A mi lado pasa ella,
una mujer que me ignora y su silueta 
se disfraza de cruel desesperanza. 
¡Pero que importa! Que esta noche fría,
de gris añoranza, no la tenga entre mis brazos. 
Y sea suya mi esperanza.
Mañana la esperare de nuevo,
con mas ansias de besarla, y será nuestro el paraíso.
Con sinfonías celestiales 
que armonizan los vacíos desencuentros,
que harán de esta cruel tardanza,
¡que hoy gana! burdo anecdotario,
del encuentro estruendoso 
del amado y la amada.