jueves, 18 de agosto de 2011

Cuento

LA QUEMA
La calida noche y la inusual tranquilidad de las calles del barrio de flores, me impulsaron a abandonar la asfixiante brevedad de mi departamento.
Decidí deambular por las calles vacías, e intentar así, despejar mi mente de las oscuras tribulaciones que me agobiaban.
Pero no tenía idea, que estaba a punto de vivir la más abominable de las experiencias.
Deambulando en la solitaria penumbra del arrabal, llegaron hasta mí, los tenues murmullos que presagiaban el infierno de horror que me aguardaba. Era como si a cada paso me acercara a un agujero de pútridas viscosidades y oscuros designios, morbosamente intuidos por mi mente, pero inexistente a mis aturdidos sentidos.
¡De pronto! la noche se hizo húmeda ¡y el frió atroz! y ya no caminaba por el desigual empedrado porteño, ahora me encontraba como chapoteando en un lodazal repugnante, entre restos orgánicos en descomposición, el aire se volvió denso, casi irrespirable, por todas partes se elevaban densas columnas de humo y vapores que emanaban desde las entrañas podridas del suelo. Aturdido y desesperado, tropecé y caí innumerables veces entre los repulsivos desperdicios, hasta convertirme también en una masa hedionda, constantemente apremiado por los inmundos habitantes del aire que cubrían mis ropas, mi cara y manos y que, caprichosamente se ufanaban en pos de introducirse en mi boca.
Asqueado hasta la saturación, aun me esperaba lo peor de mi amargo derrotero.
Logre llegar hasta las orillas de lo que debió ser, en un tiempo muy remoto, un río. Su corriente no mostraba ya, señal alguna de la existencia de agua en el, su consistencia viscosa era de un color verdoso, veteado por efluentes sanguinolentos, parecía un torrente de pus corriendo vertiginosamente a través de una herida gangrenada en la tierra, corrompida impunemente por quien sabe ¡que terrible designio!
Desde luego, abandone cualquier intención de vadear aquel espanto y me limite orillarlo, con la esperanza de hallar alguna forma de cruzarlo, sin tener que entrar en contacto con aquel pútrido elemento.
En la penosa peregrinación, logre descubrir el horror en el que me encontraba situado, sin lugar a dudas, había caído en el peor lugar que cualquier hombre de mi posición podía temer, sus características eran ya conocidas por mi, aunque solo por oídas; el paisaje monótono de campos incultos, ranchos de chorizo y adobe con techos de paja y por supuesto, las instalaciones de inmundas condiciones que, ¡a gritos! denunciaban la presencia de los saladeros.
Vaya a saber uno que aborrecible, sórdida, miserable, deleznable burla del destino me había transportado al epicentro mismo las mas abstrusas y perniciosas pestes y podredumbres que se podían concebir; ¡estaba al sur de la gran urbe! Más allá de las barracas y los conventillos inmundos, aun más allá de donde bajaba “el tren de las basuras”.
Y era precisamente, aquel tren en donde depositaba mi esperanza de escapar de ese infierno de pestilencia.
Sabia yo, que aquel ramal del Ferrocarril Oeste bajaba por Loria y Oruro hasta “la quema”, a la vera del río infesto que se interponía en mi camino. Sabía esto, debido a algunos negocios que realice con aquellos saladeristas, durante el proceso de industrialización que elevo nuestro nivel de vida algunos años atrás, y ahora, parecía ser que la naturaleza tomaba su revancha con singular crueldad.
Al cabo de un penoso trajín, tropecé -literalmente- con las vías del tren de la podredumbre, y con un puente, por el cual no me costo pocos esfuerzos cruzar.
Me arme del poco valor que el asco me permitió reunir y seguí al norte aquella senda infesta, infame, innoble.
El trayecto me interpuso montañas de desperdicios de singular repugnancia, envuelto siempre de una atmósfera densa y húmeda, impregnado de pestilencias de toda clase.
Decenas de hombres, mujeres y niños de aspecto miserable revolvían los montículos en busca de su asqueroso sustento, pero mi mente se lleno de horror, al contemplar sus miradas cargadas de resentimiento, por décadas de explotación y desinterés en aquellos desheredados. Y al revelárseme aquella situación harto peligrosa, acelere mis pasos en la medida de lo posible, pero espantado note, que una horda de aquellos semihumanos me seguía y cada vez con mayor vehemencia.
Al fin, creí dejarlos atrás al haberme distanciado ¡pero, no era así! La trampa había sido cerrada y me interceptaron en un recodo que los durmientes hacían, como esquivando una gran masa de inmundicias. ¡Rodeado ya por la horda!, hice un ultimo esfuerzo por librarme de las garras de la venganza. Pero, no había escape, horrorizado por las viles intenciones que intuía, rogué morir, pero la gracia divina no escucha entre tanta podredumbre, entre tanta desdicha. Bajo la masa infame y hedionda de cuerpos roñosos, fui sometido a atrocidades inenarrables, entre risas inmundas y bestial sometimiento, uno por uno saciaron sus bajezas en mí desvencijado cuerpo.
Arrojado cual despojo a las vías, la horda se entrego a un ultimo espectáculo con el poderoso venido a menos; al oír el silbato de la locomotora y su majestuoso retumbar en mis carnes vejadas, sentí el alivio de la muerte, pero algo ¡repentinamente! me dio la fuerza para, en el ultimo instante, levantarme, correr junto al convoy herrumbrado y finalmente trepar a uno de los vagones. La horda corrió, grito, blasfemo y yo goce con el sabor del triunfo. Pero… No ¡no, no era así! ¿Otra cruel burla del destino? ¡El tren estaba cargado de basura! Pestilente, inmunda, inacabable basura y podredumbre.
El tren…, el tren regresaba a la quema. Y la horda seguía riendo entre los fétidos dominios de la muerte.

Cuento- La reencarnación...

La reencarnación de Evaristo Daniel Núñez

Arrastrándose, retorciéndose, abriéndose paso entre la muchedumbre vil y repugnante que pugna por adquirir la porción mas fétida del singular festín. Logro embeberse en la viscosidad podrida que otrora regara los confines, del ahora cadáver, con energía vital.
Lucho entre centenares de congéneres por las delicias de viseras y carne corrupta, y se extasió y gozo del placer de satisfacer sus instintos de infame carroñero.
Entonces, repentinamente tomo conciencia, pudo comprender como un ser inteligente y vio, sintió…
Con horror indescriptible, con espanto inconmensurable y saturado por el asco; quiso gritar, quiso correr, quiso morir. Pero no podía; no había cuerdas vocales para gritar, no tenia piernas para correr, no tenia los medios para dejarse morir…

martes, 9 de agosto de 2011

Texto de Ezra Pound

El ARTE DE LA POESÍA

Constantemente repito que se necesitaron dos siglos de Provenza y uno de Toscana para desarrollar los instrumentos que utilizó Dante en su obra maestra, y que fueron necesarios los latinistas del Renacimiento y la Pléyade, además del lenguaje colorido de su propia época, para preparar los instrumentos de Shakespeare. Es de enorme importancia que se escriba gran poesía, pero no importa en absoluto quién la escriba.
Si algo se expresó de una manera definitiva en la Atlántida o en la Arcadia, en el año 450 a. c., o en el 1290 de nuestra era, no nos toca a los modernos decirlo de nuevo ni empañar la memoria de los muertos diciendo lo mismo pero con menos habilidad y convicción.
En cada época uno o dos genios descubren algo y lo expresan. Puede estar solo en una o dos líneas, o en alguna cualidad de una cadencia, y después veinte o doscientos o dos mil o más seguidores repiten y diluyen y modifican.
La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades. Tal como en medicina existen el arte de diagnosticar y el arte de curar, también en las artes, y en las artes particulares de la poesía … existe el arte de diagnosticar y el de curar. Uno persigue el culto de la fealdad y el otro el culto de la belleza.
La mayoría de los llamados poetas mayores han regalado su propio don, pero el término de “mayor” es más bien un regalo que les hace Cronos a ellos. Quiero decir que han nacido justamente a su hora y que les fue dado amontonar y arreglar y armonizar los resultados de los trabajos de muchos hombres.
En el verso algo le ha sucedido a la inteligencia. En la prosa la inteligencia ha encontrado un objeto para sus observaciones. El hecho poético preexiste.
Los artistas son las antenas de la raza. … digamos que los escritores de un país son los voltímetros y los manómetros de la vida intelectual de la nación. Son los instrumentos registradores, y si falsifican sus informes no hay límite al daño que pueden causar. El mal arte es un arte inexacto. Es arte que rinde informes falsos.
Toda crítica debería ser admitidamente personal. Al final de cuentas el crítico sólo puede decir “me gusta” o “me conmueve”, o algo por el estilo. Cuando se nos ha mostrado a sí mismo, podemos comprender lo que quiere decir. Todo crítico debería dar información acerca de las fuentes y límites de su conocimiento.
Sugiero mandar al diablo a cuanto crítico emplee términos generales vagos. No sólo a los que usan términos vagos por ser demasiado ignorantes para tener algo que decir, sino también a los críticos que emplean términos vagos para ocultar lo que quieren decir, y a todos los críticos que emplean los términos tan vagamente que el lector puede creer que está de acuerdo con ellos o que asiente a sus afirmaciones cuando de hecho no es así.
Haz que un hombre te diga antes que nada y en especial qué escritores piensa que son buenos escritores; después se pueden escuchar sus explicaciones.
La única crítica realmente viciada es la crítica académica de los que hacen la gran renuncia, que se niegan a decir lo que piensan, si es que piensan, y que citan las opiniones aceptadas… Su traición a la gran obra del pasado es tan grande como la del falso artista del presente. Si no les importa lo suficiente la herencia como para tener convicciones personales, no tienen derecho a escribir.
No hagas caso de la crítica de quienes nunca hayan escrito una obra notable.
Usar tres páginas para no decir nada no es estilo, en el sentido serio de la palabra.
No repitas en versos mediocres lo que ya se haya dicho en buena prosa. No creas que se puede engañar a una persona inteligente esquivando las dificultades del inefablemente difícil arte de la buena prosa mediante el artilugio de fraccionar la composición en versos.
Lo que hoy aburre al entendido aburrirá al público mañana.
Déjate influir por cuantos grandes artistas sea posible, pero ten la decencia de reconocer plenamente la deuda o, si no, trata de ocultarla. Que el aprendiz se llene la cabeza con las mejores cadencias que pueda descubrir, preferiblemente en un idioma extranjero, para que el significado de las palabras tenga menos posibilidades de distraer su atención del movimiento del verso.
No te imagines que algo “saldrá bien” en verso sólo porque resulta pesado en prosa. La poesía es un centauro. La facultad pensante, estructuradora y aclaradora de las palabras debe moverse y saltar con las facultades energizantes, sensitivas y musicales. Es precisamente la dificultad de esta existencia anfibia lo que mantiene bajo el número de buenos poetas de quienes se tiene noticia.
Es cierto que la mayoría de la gente poetiza más o menos, entre los diecisiete y los veintitrés años. Las emociones son nuevas, y para su dueño, interesantes y no hay mucha personalidad o mente que mover. Conforme el hombre, conforme su mente, se vuelve una máquina más y más pesada, una estructura cada vez más complicada, necesita de un voltaje cada vez mayor de energía emotiva para adquirir un movimiento armónico… En el caso de Guido, su obra más fuerte se da a los cincuenta. La poesía más importante la han escrito hombres de más de treinta.
Citando mal a Confucio, se podría decir: No importa que el autor quiera el bien de la raza o que actúe simplemente por vanidad personal. El resultado se produce mecánicamente. En la medida en que su obra es exacta, es decir, fiel a la conciencia humana y a la naturaleza del hombre, en la medida en que formula con exactitud el deseo, será duradera y será “útil”, quiero decir que mantiene la claridad y precisión del pensamiento, no sólo para el beneficio de algunos diletantes y “amantes de la literatura”, sino que mantiene la salud del pensamiento fuera de los círculos literarios y en una existencia no literaria, en la vida general comunal e individual.